
Niebla.
Acrílico y tinta sobre papel vegetal.400 × 300 cm.
Niebla es una pintura perteneciente a Muero, pero mañana reencarnaré a las 6, no te asustes, proyecto expositivo realizado junto con Rodro Cañás.Museo de la Universidad Nacional de Tucumán.Registro fotográfico: Agustín Indri.
Algunas versiones dicen que allí en la montaña, justo donde ahora están los árboles, antes hubo un descampado. Aureolas de una escala no humana, como las de los aterrizajes marcianos. Dicen que primero crecieron los árboles y que la construcción de la ciudad empezó al año siguiente. Otras teorías aseguran que fue a la inversa. Si se acuerda con esta última, la ciudad se habría ideado para ocultar huellas extraterrestres. El hecho de que en la actualidad ese proyecto de ciudad con sus edificios sea una realidad inexistente fogonea las discusiones. Qué fue antes. Qué vino después.
El caso de la ciudad inacabada —que además no es o es al mismo tiempo ruina, vestigios, un bloque de hormigón de aspecto imponente— dificulta también las percepciones. Para algunas personas, el edificio abandonado representa nada más que un recuerdo de algo vivido por la humanidad de décadas anteriores. En ciertos cuerpos, en cambio, ese proyecto de edificio abandonado entre la montaña y los árboles se incrusta en las mentes; es memoria, relatos de otros planetas y tiempos posibles, transmitidos de generación en generación.
Tal vez es a causa de estas distracciones que el asunto de las fuerzas magnéticas, en general, no trasciende. Sin embargo se sabe: desde aquel aterrizaje en la montaña, e incluso en el propio inicio de su construcción, la ciudad acaudilla todo lo que en este territorio acontece. Es un gobierno de provincia; las ruinas lo ejercen desde una persuasión no del todo evidente. Su fuente de poder proviene de la electromagnética y así, desde las alturas, la ciudad conduce destinos. A veces son fuerzas de repulsión y entonces las cosas, los días parecen romperse. En otros casos la fuerza electromagnética, a todo aquello que se ha separado, lo reúne. De esa unión aparecen trazos de pintura oscura que transpiran en un papel vegetal la textura de las superficies originales, poemas en secreto, reverberaciones de edificios que podrían suspenderse sobre bloques de hormigón, madera o agua, o palabras, libros.
—¿Eso es todo? —preguntan algunas voces. —También reencarnaciones —dicen las ruinas y, sobre ellas, la niebla se expande.
Entonces, los amantes que las fuerzas repulsivas han distanciado esperan que la electromagnética los encuentre. Quienes llevan a las ruinas incrustadas en la mente se preguntan si llegará el tiempo en que la ciudad en sí misma vuelva a vivir. Porque dicen que lo hará, aunque no es posible determinar en qué tiempo. Esas mismas teorías sólo aseguran que reencarnará un día. A las 6.



Niebla.
Acrílico y tinta sobre papel vegetal.400 × 300 cm.
Niebla es una pintura perteneciente a Muero, pero mañana reencarnaré a las 6, no te asustes, proyecto expositivo realizado junto con Rodro Cañás.Museo de la Universidad Nacional de Tucumán.Registro fotográfico: Agustín Indri.
Algunas versiones dicen que allí en la montaña, justo donde ahora están los árboles, antes hubo un descampado. Aureolas de una escala no humana, como las de los aterrizajes marcianos. Dicen que primero crecieron los árboles y que la construcción de la ciudad empezó al año siguiente. Otras teorías aseguran que fue a la inversa. Si se acuerda con esta última, la ciudad se habría ideado para ocultar huellas extraterrestres. El hecho de que en la actualidad ese proyecto de ciudad con sus edificios sea una realidad inexistente fogonea las discusiones. Qué fue antes. Qué vino después.
El caso de la ciudad inacabada —que además no es o es al mismo tiempo ruina, vestigios, un bloque de hormigón de aspecto imponente— dificulta también las percepciones. Para algunas personas, el edificio abandonado representa nada más que un recuerdo de algo vivido por la humanidad de décadas anteriores. En ciertos cuerpos, en cambio, ese proyecto de edificio abandonado entre la montaña y los árboles se incrusta en las mentes; es memoria, relatos de otros planetas y tiempos posibles, transmitidos de generación en generación.
Tal vez es a causa de estas distracciones que el asunto de las fuerzas magnéticas, en general, no trasciende. Sin embargo se sabe: desde aquel aterrizaje en la montaña, e incluso en el propio inicio de su construcción, la ciudad acaudilla todo lo que en este territorio acontece. Es un gobierno de provincia; las ruinas lo ejercen desde una persuasión no del todo evidente. Su fuente de poder proviene de la electromagnética y así, desde las alturas, la ciudad conduce destinos. A veces son fuerzas de repulsión y entonces las cosas, los días parecen romperse. En otros casos la fuerza electromagnética, a todo aquello que se ha separado, lo reúne. De esa unión aparecen trazos de pintura oscura que transpiran en un papel vegetal la textura de las superficies originales, poemas en secreto, reverberaciones de edificios que podrían suspenderse sobre bloques de hormigón, madera o agua, o palabras, libros.
—¿Eso es todo? —preguntan algunas voces. —También reencarnaciones —dicen las ruinas y, sobre ellas, la niebla se expande.
Entonces, los amantes que las fuerzas repulsivas han distanciado esperan que la electromagnética los encuentre. Quienes llevan a las ruinas incrustadas en la mente se preguntan si llegará el tiempo en que la ciudad en sí misma vuelva a vivir. Porque dicen que lo hará, aunque no es posible determinar en qué tiempo. Esas mismas teorías sólo aseguran que reencarnará un día. A las 6.

